«Hay un vacío terrible en el cristianismo evangélico de hoy. La persona desaparecida en nuestras filas es el profeta. El hombre con una seriedad terrible. El hombre totalmente de otro mundo. El hombre rechazado por otros hombres, incluso por otros hombres buenos, porque ellos lo consideran muy austero, demasiado comprometido, demasiado negativo y poco sociable.
Que él sea tan claro como Juan el Bautista.
Que por un tiempo sea una voz que clama en el desierto de la teología moderna y el estancado «eclesialismo».
Que él sea tan desprendido de sí mismo como el apóstol Pablo.
Que él también diga y viva: «Esta única cosa hago».
Que él rechace los favores eclesiásticos.
Que él se humille a sí mismo, que no busque lo suyo, ni su proyección personal, ni su justicia propia, ni su propia gloria, ni su promoción personal.
Que no diga nada que atraiga a los hombres a sí mismo, sino sólo aquello que mueva a los hombres a Dios.
Que venga todos los días de la habitación del trono de un Dios santo, el lugar de donde ha recibido el orden del día.
Que él, bajo Dios, destape los oídos de los millones que están sordos por el estruendo de las monedas extraídas de esta hora de materialismo.
¡Dios, envíanos PROFETAS! » – Leonard Ravenhill
“En un día de políticos descarados y predicadores sin voz, no hay una necesidad nacional más urgente que clamar a Dios por un profeta! La función del profeta, como una vez dijo Austin Sparks, “casi siempre ha sido la de la restauración”. El profeta es el detective de Dios que busca tesoros espirituales perdidos. El grado de su eficacia está determinado por la medida de su impopularidad. Él no conoce el transigir o retroceder. No tiene etiquetas de precio. Es totalmente «de otro mundo». Es indiscutiblemente controversial e imperdonablemente hostil. ¡Él marcha a otro ritmo! » – Leonard Ravenhill